La Historia y vida de Luis Aguilar el Gallo Giro

Luis Aguilar
(Hermosillo, Sonora, México, 29 de enero de 1918 – Ciudad de México, 24 de octubre de 1997) fue un actor y cantante de música ranchera de la época de oro del cine mexicano, conocido popularmente como El Gallo Giro por la película homónima que estelarizo.

Su carisma y personalidad lo hicieron destacar como uno de los ídolos de México, completando el trío por excelencia de la comedia ranchera junto a Jorge Negrete y Pedro Infante.Obtuvo grandes éxitos en Cuba, Puerto Rico y Sudamérica.

Biografía

Luis Aguilar Manzo nació en Hermosillo, Sonora, México el 29 de enero de 1918.

Estudió en el Colegio Militar y después comenzó la carrera de ingeniería en el ejército, al poco tiempo abandona la carrera castrense y trabaja en el Departamento agrario de la Secretaría de Hacienda.

Como era de carácter aventurero se mudó temporalmente al puerto de Mazatlán, Sinaloa donde se dedicó a pescar tiburones.

A principios de los 40 se traslada a la ciudad de México justo cuando el cine Mexicano triunfaba en el extranjero con su ingenua e inofensiva manera de mistificar la provincia y la vida rural.

Se casó por primera vez el 17 de abril de 1946 con Ana María Almada con quien procreó dos hijas, Ana Luisa y Martha Fernanda.
El matrimonio se divorcio el 14 de agosto de 1954.

Dos años más tarde, a finales del 1956 conoció a la actriz Rosario Gálvez, quien era viuda y tenía un hijo, a los 4 meses de conocerse se casaron el 19 de abril de 1957.

Debuta como actor estelar en 1944 en la película Sota, Caballo y Rey, con el apoyo de Raúl de Anda, ahí, llama la atención del público a pesar de su falta de experiencia ante las cámaras y es gracias a su carisma que logra en tiempo record filmar varias cintas y alternar con figuras como María Antonieta Pons, Amanda del Llano, Sara García, María Luisa Zea, Katy Jurado y Miroslava Stern, pero es hasta 1948 cuando le llegan sus roles consagratorios uno dirigido por el gran Alejandro Galindo en la cinta El muchacho alegre y el otro en la película que le dio el mote que lo acompañaría a lo largo de su carrera.

El gallo giro, dirigida por Alberto Gout, con guion de su mecenas Raúl de Anda, para entonces Luis Aguilar se había convertido ya en uno de los héroes por excelencia del género ranchero; de hecho, integraba al lado de Jorge Negrete y Pedro Infante, una suerte de triunvirato de galanes románticos y cantarines que el público adoraba.

Sin duda, hacia 1951, Pedro Infante era el indiscutible ídolo cinematográfico del pueblo en general, seguido muy de cerca por Aguilar, Ismael Rodríguez, el director de cabecera de Pedro ideo juntarlos en una película que se convirtió en un clásico instantáneo del cine nacional: A.T.M. A toda máquina!, seguida de una continuación filmada al mismo tiempo: ¿Qué te ha dado esa mujer?. Gracias a estas películas Luis demostró que podía estar a la par de cualquier figura cinematográfica y es por estas cintas por las que mas se le recuerda hasta la fecha.

Luis consiguió infinidad de papeles estelares alternando con grandes figuras como, Pedro Infante, Jorge Negrete, Germán Valdés Tin Tan, Víctor Parra, Pedro Armendáriz, María Félix, Joaquín Pardavé, Marga López, Rosita Quintana, Leticia Palma, Pedro Vargas, Columba Domínguez, Lilia Prado, Eulalio González Piporro y Emilio Fernández, entre otros. Falleció el 24 de octubre de 1997 en la ciudad de México. a consecuencia de un infarto mientras dormía a los 79 años de edad.

Sus cenizas fueron depositadas en la Iglesia de la Santa Cruz en el Pedregal de San Ángel en México, D.F., pero luego su esposa decidió conservarlas con ella en su casa de Cuernavaca, Morelos, México.

Curiosidades

Su primer Ariel como actor le llego a los 75 años, aunque previamente había encarnado papeles que le hubieran valido por lo menos una nominación, como el personaje que hizo en El hombre de papel al lado de Ignacio López Tarso.
Interpreto el mismo personaje que previamente habían hecho Jorge Negrete en Ay Jalisco no te rajes! y Pedro Infante en El ametralladora en la película Se los llevo el rémington!, hecho que resulta por demás curioso ya que los tres actores se convirtieron en los máximos exponentes del cine ranchero de la época de oro del cine Mexicano.
No era secreto para nadie la afición de Aguilar por el alcohol lo que le ocasionaba serios problemas en su trabajo y su vida personal.
No obstante su excelente voz de barítono, nunca tuvieron sus discos grandes ventas, aunque sí tenía llenos en los espacios donde se presentaba ante multitudes entusiastas.
Quería al hijo de Rosario Gálvez – Roberto – como propio, por lo que le supuso un gran golpe del que no pudo recuperarse, el que este se haya disparado accidentalmente un arma mientras se probaba uno de los trajes de charro de Luis, muriendo en el acto.
Fue el único de los charros cantores que alterno con todos los grandes cantantes de música Mexicana, que a la par actuaban, toda vez que trabajo con Jorge Negrete, Pedro Infante, Antonio Aguilar, Javier Solís, Lola Beltrán y Lucha Villa.
Se contemplaba reunirlo nuevamente con Pedro Infante en la película Ando volando bajo, para repetir el éxito de las películas A.T.M. A toda máquina! y su continuación, pero por la muerte de Infante este tomo su personaje y el que el iba a interpretar, lo tomo el recio actor Pedro Armendáriz.
De Sonora a la capital
Charro bravío, cantante de boleros en la XEW y en un recién inaugurado Televicentro, agente de transito, jinete enmascarado y justiciero sin cabeza. Por si ello fuera poco, cristero y revolucionario, héroe de corrido, ventrílocuo transa, bandido generoso, pianista de un grupo de jazz y rock, o bohemio de corazón; Luis Aguilar, el inolvidable Gallo Giro fue todo eso y más en las imágenes de un cine mexicano perdido en la memoria. Un cine que retrató su figura espigada, su bigote recortado y su mirada profunda adornada por su muy particular y poblada ceja, ya sea portando el tradicional traje de charro o un elegante y urbano traje negro a rayas.
Nacido en Hermosillo, Sonora, en 1918, Luis Aguilar se convirtió en muy poco tiempo en una de las figuras de un cine mexicano que se vanagloriaba de sus éxitos, sus estrellas y sus sencillas pero efectivas tramas. Muy pronto, abandonó su carrera de Ingeniera en el Colegio Militar cautivado por el canto y por el mar allá en Mazatlán, Sinaloa, donde fue pescador de tiburones. A principios de los 40 se traslada a la ciudad de México justo cuando el cine nacional triunfaba en el extranjero con su ingenua e inofensiva manera de mistificar la provincia y la vida rural.
Al igual que otras personalidades de un cine nacional que se adentraba hacia una fructífera y bien llamada época de oro, Aguilar tiene su primer experiencia en la pantalla grande en 1943, el mismo año que debutaba Germán Valdés Tin Tan o Carmen Montejo, por ejemplo. Un año básico que lanzó al mundo las imágenes de indígenas nobles e inocentes en “María Candelaria”, los ambientes urbanos y politizados de “Distinto amanecer”, o los desplantes dictatoriales de una hembra atípica como “Doña Bárbara”.
En aquel contexto, para la gente del negocio, no era desconocido el hecho de que las futuras figuras, las consagradas y las que se estaban haciendo de un nombre de prestigio en el interior de la incipiente industria fílmica mexicana, frecuentaban el famoso café Regis de Avenida Juárez. Fue ahí quizá, en una de las tantas tardes bohemias donde se discutían argumentos imaginarios o sabrosas anécdotas entre personalidades del ambiente, donde Luis Aguilar recibe la alternativa de Raúl de Anda -asiduo del Regis- para enfrentarse a ese medio popular capaz de catapultar a alturas insospechadas a los que pasaban la prueba del público cinéfilo de entonces.
Raúl de Anda: su tutor fílmico
En efecto, Aguilar encuentra el apoyo de Raúl de Anda, el gran Charro Negro; un productor, actor y cineasta que le brinda la oportunidad de debutar en una comedia de aventuras rancheras dirigida por Roberto O’Quigley, “Sota, caballo y rey”. Por cierto, la película fue filmada a principios de mayo de ese 1943 en los aún flamantes Estudios Azteca que al desaparecer en 1958 darían paso al Autocinema del Valle y más tarde al estacionamiento del Centro Bancomer en el cruce de las Avenidas Coyoacán, Churubusco y Universidad.
Ahí, Aguilar se saca el “As” de la manga y llama la atención del público a pesar de su falta de experiencia ante las cámaras al lado del villanazo Carlos López Moctezuma, Susana Cora, El Chicote y una muy jovencita Meche Barba quien aparecía en créditos como Meche Isanda. A propósito de este relato con cacique malvado y abusivo, feria pueblerina, galán cantante, muchachita ingenua, ranchero noble asesinado a traición y vengado por su hermano -un cómico de la legua que interpretaba Domingo Soler-, la revista Cine Mexicano auguraba sobre Aguilar lo siguiente: “…tiene un gran porvenir en el cine. Tiene personalidad, y no le ha de faltar modo para estudiar e imponerse en la pantalla…”.
Tuvo que pasar más de un año para que Luis Aguilar repitiera su experiencia cinematográfica en “Caminos de sangre” (1945) producida y escrita por Raúl de Anda y dirigida por Rolando Aguilar. En ella, alternaba con la guapa chiapaneca Amanda del Llano, El Chicote y los villanazos López Moctezuma y Miguel Inclán y además se daba gusto de entonar atractivas canciones escritas por Lorenzo Barcelata y Cuco Sánchez, y de este modo iniciar así una competencia al parejo con el entonces ídolo fílmico y cantante del momento, Jorge Negrete.
Ese mismo año y en una suerte de adelanto de comedias con mensaje político como “Pito Pérez se va de bracero”, o “Primero soy mexicano”, el equipo de Raúl de Anda como director-productor y Luis Aguilar como protagonista, llevan a cabo un filme curioso por su abierta burla al estadunidense y al mexicano pocho deslumbrado por el dólar y el idioma inglés en “Guadalajara pues”. Aquí, no sólo se mostraban las virtudes campiranas, sino las del propio estado de Jalisco.
La trama, simplona en apariencia, que hablaba con humor de un serio problema social y en la que se interpretaban temas de Pepe Guízar y Cuco Sánchez, entre otros, narraba un relato de enredos amorosos con Agustín Isunza muy divertido en su papel del agringado ex bracero Joe Flowers o sea José Flores, cuyos patrones, los atractivos jóvenes rubios Joan Page y Clifford Carr deslumbraban a la pareja de hermanos que encarnaban Luis Aguilar y Amanda del Llano, a quienes Miguel Inclán, un rico alfarero de la región, les ha echado el ojo para casarlos con sus hijos Katy Jurado y Raúl Guerrero.
A ésta le siguió “La reina del trópico” (1945) con la preciosa MariToña Pons, quien con sus caderas y rumbas produce la lujuria de Carlos López Moctezuma, quien la seduce y abandona en Papantla. Sin embargo, cuando lo va a buscar a la capital se topa con el héroe que encarnaba Aguilar, un compositor que triunfa gracias a ella. Para 1946, además de un par de dramas rancheros inspirados en corridos como “Aquí está Juan Colorado” y “Yo maté a Rosita Alvírez” con María Luisa Zea y Amanda del Llano, Aguilar protagoniza un filme insólito por su tema: “Los cristeros”, primer cinta que recuperaba la epopeya de la cristiada en Jalisco; un tópico tabú en el cine mexicano.
Aguilar: el muchacho alegre
Luego de interpretar otro melodrama patriótico y folclórico al estilo de “Los cristeros” titulado “El último chinaco”, así como una curiosa comedia urbana con tintes fantásticos al lado de Miroslava, “Una aventura en la noche”, sobre un par de amigos parranderos (Aguilar y Jorge Che Reyes) que conocen a dos guapas mujeres que resultan ser difuntas, una gran oportunidad llega en 1947 al lado del cineasta Alejandro Galindo quien lo dirige en “El muchacho alegre”.
Se trataba de una cinta de honor y lealtad que mostraba a Aguilar con su traje claro y su cabello cuidadosamente engomado enfrentando a golpes al genial villano Víctor Parra en su papel del “Güico”. Desde el momento en que Luis Aguilar aparece entonando “El muchacho alegre“, es evidente que las reglas de esta tragicomedia ranchera no son las mismas para el resto del género. La relación que existe entre el protagonista y su amigo traicionero Víctor Parra rompe lo trillado, en ese pueblito sinaloense donde se lleva a cabo una kermesee que acaba en situación trágica, cuando el héroe es engañado y acusado de un crimen que no ha cometido.
Aquí, los charros jaliscienses son suplidos por héroes y villanos de Sinaloa, para proseguir mostrando el folclor y la hombría nacional, sin faltar por supuesto la afamada tambora sinaloense que anima parte de la trama. Galindo saca provecho de un melodrama ranchero y de aventuras muy sencillito y efectivo, donde sobresale la presencia de Aguilar y un incipiente Víctor Parra a poco tiempo de convertirse en gran figura. Hay escenas curiosas como la expulsión de las prostitutas por ejemplo y algunas buenas escenas de acción como la larga pelea final a puñetazos que hace recordar algunas de las películas de John Ford.
Para entonces, Luis Aguilar se había convertido ya en uno de los héroes por excelencia de un género ranchero que mezclaba los amores de sumisas heroínas con héroes peleoneros, nobles y bragados con cuadros costumbristas, canciones vernáculas y un humor muy elemental. De hecho, integraba al lado de Negrete e Infante, una suerte de triunvirato de galanes románticos y cantarines que el público adoraba.
El Gallo Giro héroe folclórico
Para 1948 Luis Aguilar conseguía su sobrenombre artístico al estelarizar la película de Alberto Gout, “El gallo giro”. Aquí, encarna a un gallero empeñado en triunfar en la capital como cantante y para ello, compite en un concurso de aficionados en la XEW y después se gana el amor de Carmelita González, aunque antes se ve envuelto en un lío con la belleza rubia estadunidense Joan Page. En efecto, se trata de una suerte de anticipo de una de sus comedias más exitosas: “Del rancho a la capital”.
Sobre el físico de Luis Aguilar el “Duende Filmo” publicó en el periódico El Universal, unas curiosas líneas que vale la pena reproducir: “En la pantalla es menos agradable que en persona y no es fotogénico, quizá por culpa suya pues no se ha estudiado frente a un espejo…Da la impresión que los peluqueros lo andan correteando. Tiene cabello para dar y prestar y a él le gusta lucir íntegra su cabellera. Si redujera la anchura de sus patillas y el clavo, que casi se unta con sus ojos, que son grandes, y aumentara la altura de su frente, tal vez mejoraría su aspecto…El gallo giro es lo que pudieramos llamar “una vacilada” con que se pasa el rato”.
También, en 1948, Aguilar interpretó varias comedias de distintos cortes. Por ejemplo, en “Charro a la fuerza” al lado de la española Florencia Becquer y ambientada en la hacienda de Oxtotilpan, unos “espantos” mantienen asolados a sus habitantes. Se trataba en efecto, de una chistosa combinación de comedia ranchera y cine de horror (“Los cazafantasmas” conocen “Rancho Grande”, por ejemplo). En “La norteña de mis amores” Aguilar lleva serenatas y aguanta los desplantes machorros de Susana Guízar y en “¡Arriba el Norte!” al lado de Joaquín Pardavé y Marga López, deja lucir al gran Pardavé que interpreta a un trastornado coronel retirado misógino e instalado en la Revolución de 1910, aunque hayan pasado ya 38 años de eso.
Más atractiva resulta: “Se la llevó El Remington” donde encarna al personaje jalisciense de la vida real, El Remington, quien fuera protagonista de “¡Ay Jalisco no te rajes!” con el apodo de “El Ametralladora” e interpretado por Negrete y más tarde por Infante en la cinta homónima y finalmente por Rodolfo de Anda en una nueva versión de “¡Ay Jalisco no te rajes!” y por Gustavo Alatriste en “Aquel famoso Remington”. En “Se la llevó El Remington”, dirigida por su amigo y “tutor” Raúl de Anda, Aguilar regresa al pueblo de Tres Ríos para vengar la muerte de su padre.
A su vez, tuvo un pequeño papel en “Comisario en turno” armada por once historias unidas en un solo relato y escritas por el estupendo Juan García “Peralvillo”, actor y guionista de varias de las mejores comedias de Tin Tan. En el episodio número diez, Aguilar demuestra ser un mariachi que además sabe interpretar la música clásica ante la mirada escrutadora de “Manuelito”, Carlos López Moctezuma, el comisario en turno que suple a Domingo Soler. Por cierto, en la tragicomedia “Tres hombres malos”, Aguilar sale con y sin bigote y así, rasurado, adquiría un cierto parecido con el galán hollywoodense Tyrone Power en esta película de aventuras con niña pequeña de por medio ambientada en tiempos de la Revolución.
Se acercaba el fin de una década que el Gallo Giro supo capitalizar a su favor, interpretando al héroe gallardo y cantante envuelto en todo tipo de enredos cómicos y dramáticos. Una década en la que su su calidad de galán folclórico había subido como la espuma y así lo muestra una película muy disfrutable titulada: “El charro del Cristo” (1949). Bajo la dirección de René Cardona encarna a un bravío y celoso charro que agradece a Cristo el haberle permitido huir luego de asesinar a su rival en amores y suertes charras. Su pareja romántica era la colombiana Alicia Caro y el villano era interpretado por José María Linares Rivas en su papel de infame cacique.
También, en “Dos gallos de pelea” (1949) mostró sus dotes de macho cantor y confirmó su presencia en el género con una curiosa comedia que optaba por otro enfoque. En Sayula, Aguilar y su primo (Dagoberto Rodríguez) se dedican a la parranda junto con sus criados (Mantequilla y El Chicote) hasta que quedan impresionados por la belleza de una profesora brasileña (la guapa Rosita Quintana con anteojos de intelectual) quien anda en busca de un insecto que puede servir para contrarrestar una plaga en su tierra. Cadáveres, serenatas, supuestas ánimas y semidesnudos de la heroína (su ropa se la lleva el río mientras se baña y tiene que utilizar por ello la camisa del bragado Gallo Giro), para darle un toque erótico y lucir el torso desnudo de Aguilar y las hermosísimas piernas de Quintana.
Más interesante aún, resulta “Tú, sólo tú” (1949) de Miguel M. Delgado escrita por los estupendos Janet y Luis Alcoriza y protagonizada nuevamente por Aguilar y Rosita Quintana; en ella, se mezclan varios géneros para narrar las desventuras del héroe, un joven que deja su universo campirano para degradarse en los cabarets de la pulsante urbe alemanista. Aguilar se topa con su novia convertida en cabaretera y luego de borracheras y pleitos se enamora de una riquilla que interpreta también Quintana y que vive en las Lomas, lugar a donde llega a caballo el héroe para enseñarle a montar.
“Rondalla”, “Una canción a la Virgen” y “Yo también soy de Jalisco” -todas de 1949- no fueron más que la repetición de una fórmula folclórica; una suerte de “milagrito” que los productores le colgaron al Gallo Giro quien empezaba a perder terreno ante Infante y Negrete -de éste último, ya habían pasado sus mejores años-, debido sobre todo a la acumulación y a la simple explotación de un tema. Aguilar necesitaba urgentemente un cambio o ya de perdida un trancazo cinematográfico como le había sucedido con “El muchacho alegre”, curiosamente la década siguiente le depararía grandes sorpresas.
Los 50. Un buen arranque.
No era secreto para nadie la afición de Aguilar por el alcohol lo que le empezaba a ocasionar serios problemas con su trabajo y su vida personal. Lo curioso, es que varias de las tramas de sus películas retomaban de alguna manera el asunto de las borracheras para hacer más patente el desquiciamiento de sus personajes a través del alcohol. Con todo, Aguilar siguió trabajando con enjundia “poniéndose las pilas” y entrándole a todo tipo de dramas y comedias como sucedía en esa década que iniciaba; la década de los 50.
En “Primero soy mexicano” (1950) dirigida y actuada por Joaquín Pardavé; éste, supera su analfabetismo para recibir dignamente a su hijo Rafael (Luis Aguilar) quien acaba de graduarse como médico en Estados Unidos. Prepara una gran fiesta donde éste último reniega de su país con sus pochismos y gustos gringos; para colmo, el hijo ingrato seduce a la ahijada de su padre (Flor Silvestre) y se niega a quedarse en el campo. Finalmente, se arrepiente, pide la mano de Lupe y se queda como médico del pueblo. De nueva cuenta se trataba de darle una lección con humor y sencillez, a tanto mexicano que soñaba de manera indigna con los dólares y los Hot dogs.
En ese mismo año de 1950 y bajo las órdenes de Alejandro Galindo, actúa en “Capitán de rurales”, película con canciones, intriga y amoríos; ingredientes de este atractivo y bien realizado filme de aventuras históricas. Interpreta a un capitán egresado del Colegio Militar que en tiempos de Porfirio Díaz se une a las filas de los opresores rurales pero acaba declarando su rebeldía al tiránico gobierno. Otro papel distinto lo tiene en “El señor gobernador “ (1950) con Rita Macedo y un muy jovencito Mauricio Garcés quien debutaba en la pantalla con un papel de catrín muy lejano de sus desplantes de galán seductor y de su grito de batalla: “¡Arrooozzz!”.
El Gallo Giro encarna a un político provinciano enchamarrado y sombrerudo que de humilde peón se convierte en gobernador de su estado luego de luchar contra los abusivos en un intento por ayudar a la gente oprimida. Ese mismo año, filma la comedia romántica “Cuando tu me quieras” con Meche Barba a quien reprime cuando ésta intenta conocer los salones de “dancing” y “El tigre enmascarado” con Flor Silvestre y Aurora Segura, en la que anticipa ya sus sagas de justicieros enmascarados en tono de western serie B (o lo que es lo mismo: “caballitos” chafas pero entretenidos). En ésta, encarna a un hombre que jura vengar a su hermano cura y para ello, se convierte precisamente en El tigre enmascarado -una suerte de Zorro pero con piel moteada- y eso no le quitaba méritos a la hora de la cantada.
Del caballo a la motocicleta
Negrete había quedado prácticamente atrás en esa carrera por la popularidad viril en el ánimo del público. Sin duda, hacia 1951, Pedro Infante era el indiscutible ídolo cinematográfico del pueblo en general, seguido muy de cerca por Aguilar. Y en ello, había contribuído precisamente la habilidad de Infante para pasar de un género a otro y de un ambiente rural a uno urbano sin ningún sobresalto, sin contar por supuesto con esa su peculiar manera de explotar el arquetipo del macho que lo era a la hora de la verdad pero que también sabía llorar y reir.
Ismael Rodríguez, su extraordinario director de cabecera tenía bien tanteado al público y sabía de sobra la capacidad de su estrella Pedro Infante. Colocarlo en ese momento al lado de su mejor contrincante, suponía que esa reunión podía significar un gran trancazo fílmico, sobre todo, porque a diferencia de otros galanes y soberbios actores de carácter como David Silva o Arturo de Córdova, Luis Aguilar cantaba y cantaba muy bien cualquier tema musical que le pusieran enfrente. Justamente, de eso se trataba; de mostrar a dos imponentes figuras de la pantalla al tu por tu: dos actores que pasaran del drama a la comedia, de ahí a los golpes y a las “echadas”, que se disputaran a las mujeres, que robaran cámara y que cantaran muy sabroso ya sea juntos o separados y es así, como nace precisamente un clásico instantáneo del cine nacional.
Todo estaba listo ese 15 de marzo de 1951 en los imponentes Estudios Churubusco financiados en parte por la compañía estadunidense RKO -la productora de “King Kong” y de “El ciudadano Kane”-. Con un guión de Pedro de Urdimalas y del propio director Ismael Rodríguez daba inicio la reunión de Luis Aguilar con el máximo ídolo del cine mexicano, Pedro Infante en una cinta que respondía simplemente al nombre de “A.T.M./ A toda máquina”, seguida de una continuación filmada al mismo tiempo: “¿Qué te ha dado esa mujer?”.
El resultado: una de las mejores y más divertidas exaltaciones del machismo en la historia de dos tamarindos o sea, policías motorizados que recorren las calles gozosas del México alemanista. Luis Macías (Aguilar) es un agente de tránsito que forma parte del grupo acrobático y aloja en su casa al vago y tragón Pedro Chávez (Infante) quien le advierte que trae mala suerte a las personas. Pedro se convierte a su vez en agente y entre secuencias fabulosas como aquella en la que entonan a dúo sobre sus motos “Parece que va a llover, el cielo se está nublando…”, su amistad y su odio crece al parejo.
Imposible olvidar la golpiza que uno a otro se propinan en el departamento de Luis, en el momento en que Pedro ha citado a las amiguitas de aquel, justo cuando Luis espera que su novia (Aurora Segura) se humille ante él. Imposible olvidar a tanto extraordinario personaje secundario como Amelia Wilhelmy en su papel de viejecita necia que se niega a bajarse de su auto, provocando un gran congestionamiento de tráfico, o la quinceañera enamoradiza que encarna Alma Delia Fuentes, o quizá la portera chismosa (Emma Rodríguez) y su marido mil chambas (“ya llegué vieja, ya me voy vieja”), quienes hacían lucir aún más a la extraordinaria pareja protagonista.
Y claro, sin faltar por supuesto, la parte climática del filme: la escena de las acrobacias motorizadas y el apretón de manos final en la ambulancia donde son trasladados Luis y Pedro luego de su terquedad por robar cámara en el acto denominado “la casa en llamas”. Comedia de una originalidad arrolladora, “A toda máquina” y su continuación ligeramente más melodramática delinearon la presencia indiscutible de Aguilar quien no sólo estaba preparado para acompañar a otras grandes figuras, sino para destacar en pocos años desde las bases mismas del más delirante cine de caballitos serie B a la mexicana.
El Hollywood mexicano
En “¿Qué te ha dado esa mujer?” entran al quite tres bellezas como Rosita Arenas, Carmen Montejo y Gloria Mange. Aquí, tampoco faltan las escenas espectaculares como la borrachera que se carga Luis Aguilar al lado de unas cabareteras en el lago de Chapultepec que remata con chapuzón en el agua. O el brebaje “especial” que Pedro le prepara a Luis; una mezcla de alcohol, aceite de ricino, pasta dental, detergente y chile. Incluso, hasta se les perdona sus excesos machistas (“oye, uno no puede casarse con mujerzuelas”, le dice Aguilar a Infante, refiriéndose a Montejo) y para más, ambos terminan abrazados como los grandes amigos luego de golpearse a muerte, después de que han dejado plantadas a sus confundidas enamoradas.
Luis Aguilar había comenzado con éxito ese año de 1951, incluso, había rodado otras comedias igualmente divertidas como “La hija del ministro” del buen artesano Fernando Méndez, al lado de Rosita Arenas -una cafre del volante- y Víctor Parra. Luis hace el papel de un gris burócrata enamorado de una chamaca adinerada; la hija de un buen ministro que interpreta José Elías Moreno. Se trata de una agradable trama amenizada además por la presencia musical de las hermanitas Julián -ligadas a los filmes de Tin Tan- y por las canciones de Gonzalo Curiel, Gabriel Ruiz y José Antonio Zorrilla, entre otros.
Por su parte, en “Cuatro noches contigo” de Raúl de Anda, se intentó hacer un traslado de la exitosa comedia hollywoodense “Sucedio una noche” (1934) de Frank Capra al medio mexicano. Elsa Aguirre -vestida de colegiala- es la atractiva hija de un gobernador; escapa de su hogar y se topa accidentalmente en un tren con Aguilar -de anteojos-; un inepto vendedor de ropa interior femenina que viaja de Nogales a la capital. Como en la película de Capra, la pareja discute todo el tiempo y las circunstancias los obligan a alojarse en un mismo cuarto de hotel y a sortear juntos varias peripecias debido a que unos agentes que el padre ha enviado la buscan afanosamente.
Además de una actuación especial en “Yo fuí una callejera” con Meche Barba y Abel Salazart, Aguilar se lució en ese mismo año de 1951 al lado de la sensual tabasqueña Leticia Palma en “¿Por qué peca la mujer?” de René Cardona. Aquí, comparte escenario a su vez con Salazar, el cubano César del Campo y María Victoria, en medio de buenos números musicales y deliciosas canciones de Agustín Lara, Dámaso Pérez Prado y Juan Bruno Tarraza, nada menos. El melodrama reúne a un cínico ricachón que se ha sacado la lotería, un compositor y cantante viudo (Aguilar) y una humilde billetera a la que el primero intenta convertir en cantante. Delirante.
Del rancho al relajo urbano.
Instalado prácticamente en la vorágine urbana, Aguilar abre el año de 1952 con uno de sus mayores logros, un filme que a la fecha reconstruye con gran atractivo no sólo la época del “sueño mexicano”; aquella de cientos de ilustres desconocidos que de la noche a la mañana se convertían en ídolos -muchos de ellos de barro- gracias a la radio y a la incipiente televisión. Al mismo tiempo, plantea de refilón la modernidad alemanista; aquella que había cambiado la fisonomía campirana o semi rural de la capital en una verdadera metrópolis. “Del rancho a la televisión” dirigida por Ismael Rodríguez era el relato del provinciano que no puede negar su origen y llega a la gran urbe para probar suerte y encontrar a su vez, amoríos ingratos y verdaderos.
Luis Aguilar es José Antonio Rivera, el hijo predilecto del apartado pueblo de Pungarabatirimícuaro, cuyos habitantes le han pagado sus estudios en el “bel canto” y es enviado a la ciudad para debutar -según ellos- en Bellas Artes y en la XEW. Llega a la radiodifusora y el dueño y gerente Cecilio Zárraga (Carlos Orellana, estupendo) lo envía al “concurso de los aficionados”; ese con verdugo encapuchado que les toca la campana y pierde, debido a las envidias de la atractiva cantante Graciela (María Victoria) quien se avergüenza de haber salido de un café de chinos para convertirse en estrella de la canción.
Por supuesto, Aguilar va a recibir la ayuda desinteresada de la muchacha coja Chela Campos quien se luce cantando con su peculiar estilo boleros de María Grever, pero a su vez, va a sucumbir ante las tentaciones urbanas empezando por los movimientos sinuosos de esa pantera que encarna María Victoria. A Los Tres Diamantes, Aguilar les dice “Ah, cancioneros”, se presenta a concursar vestido de elegante esmoquin: “y para eso se vistió de ministro” le comenta Zárraga, una suerte de Emilio Azcárraga padre, con sus desplantes de generosidad y de locura genial, -por cierto, los diálogos que éste sostiene con Andrés Soler (aquí, padre de Chela Campos) son sensacionales-.
Pepe Ruiz Vélez imita con gracia a Pedro Vargas y a Agustín Lara y Carlota Solares hace lo propio con María Félix. Emma Rodríguez como la secretaria igualada se encuentra estupenda, asimismo, aparecen en escena Régulo y Madaleno y lo mejor, es el apreciar los interiores de la XEW allá en Ayuntamiento, así como el flamante Televicentro en Balderas, o la estructura de la Torre Latinoamericana en construcción. Orellana comenta sobre Aguilar: “Con esas cejas, esas patillas, esos bigotes, parece contrabandista de zarzuela”. Al final, luego de que ha sido emborrachado y narcotizado por su amante María Victoria, Aguilar pide perdón ante las cámaras de TV a Chela Campos con quien entona “Si yo encontrara…”, en un filme antológico para comprender el mito urbano.
Ese mismo mito de la ciudad puede apreciarse en “Sueños de gloria” (1952), un curioso melodrama de aventuras automovilísticas patrocinado por la Automotriz O’Farrill. Aguilar es un humilde y honesto mecánico que inventa un carburador más eficiente que los actuales y se enamora de la guapa Miroslava en su papel de la hija de un magnate de la Packard y por ello se mete en serios líos con el novio de ella (Alberto Mariscal). Por su parte, en “Genio y figura” (1952) de Fernando Mnéndez -continuación de “El lunar de la familia”-, Aguilar se destrampa en la capital al lado de su amigote Antonio Badú, cuya esposa (Esther Fernández) está a punto de dar a luz. Los dos machines salen en calzones largos y sus cuerpos contrastan con la muy bien torneada Evangelina Elizondo.
Trabajo a raudales
Asimismo en ese año de 1952, Aguilar participa en “Los solterones”, una extraña sátira del machismo con Andrés Soler, un rico hacendado abandonado por “su vieja” quien lo deja con sus dos hijos -un niño y una niña-, quienes al crecer se vuelven muy machitos; sobre todo ella, llamada Sebastiana (Rosita Arenas) quien incluso se viste de hombre y se hace llamar Sebastián, a la vez que son educados en el odio a las mujeres. En el extremo opuesto, “Las interesadas” que encarnan Amalia Aguilar, Lilia Prado y la suculenta Lilia del Valle, resultan tres muchachas respondonas decididas a vengarse de los hombres. En esta comedia con música de Pérez Prado, entre otros, Luis Aguilar aparecía brevemente con una intervención musical.
Además de trabajar en dos truculentos melodramas como “Víctimas del divorcio” y “Nadie muere dos veces” dirigida por el periodists Luis Spota, tiene una estupenda participación en “Tal para cual”(52) de Rogelio A. González. Como en “A.T.M.”, o en la exitosa comedia ranchera con Infante y Negrete, “Dos tipos de cuidado”, Aguilar y el charro cantor Jorge Negrete suman esfuerzos en una curiosa parodia rural de la obra de Oscar Wilde, La importancia de llamarse Ernesto.
Ambos, encarnan a los machos parranderos que suplantan identidades y conquistan a dos heroínas rancheras como María Elena Marqués y Rosa de Castilla. Negrete es un vivales que ha inventado a un hermano enfermo para darse la gran vida y así, conoce a Aguilar quien le hace el quite. Lo mejor del filmes es la graciosa interpretación que hace Luis Aguilar de la popular canción de Chava Flores: “Yo tenía un chorro de voz, era el amo del falsete, me admiró Jorge Negrete, Pedro Infante y otros dos…”. Para esas alturas, Aguilar se podía dar el lujo de parodiar a sus más fuertes rivales de la pantalla.
Hacia 1953 Aguilar participa únicamente en dos cintas: “Penita, pena” con Lola Flores y “Nuevo amanecer” en la que aparecían las Dolly Sisters y Los Panchos. Para ese entonces, la comedia ranchera iniciaba un descenso en picada. El número de canciones crecía, con ella la vulgaridad y la futilidad de las tramas. Se empezaban a incorporar notas picarescas y casi de vodevil, así como cantantes de poca presencia física pero de gran éxito musical, al igual que la reunión de varias jovencitas guapas e incipientes actrices que se irían acomodando al gusto del público.
Sin embargo, Aguilar dió un vuelco hacia el cine de aventuras sin descuidar la personalidad de su voz y es entonces cuando aparece en cintas como “Chucho El Roto” y se convierte de nuevo en bandolero generoso en “Los bandidos de Río Frío” y “Pies de gato” todo ello en 1954. Un año después y luego de entonar una “Serenata en México” y de reunirse con Miguel Aceves Mejía en un curioso papel de cura cantante en “Hay ángeles con espuelas”, participa en cintas de ambiente revolucionario como “Siete leguas” (1956).
El sexenio de Ruiz Cortínez agonizaba, Negrete moría en Los Angeles en 1953 e Infante perdía la vida en abril del 57. Asímismo, en los estertores de los charros y las aventuras folclórico-campiranas el género ranchero parecía encontrar una salida en el llamado “cine de caballitos”. Un cine heroico-campirano con pistolas, máscaras, boleros rancheros, peleas de cantina y sobre todo, descabellados argumentos que igual rozaban el horror, la ciencia ficción, la comedia y una suerte de cine policiaco rural que intentaba dar fe de un “viejo oeste” en plena provincia mexicana.
Intermedio. Héroes justicieros y enmascarados.
El género ranchero dió un vuelco extraño. La bravura del charro encarnada por Negrete, los machos peleoneros que compusieron Infante y Badú, las heroínas sumisas e ingenuas, así como los indios nobles y cabales ya no tenían cabida a mediados de los 50. Al mismo tiempo, el público empezaba a dejar el cine por la televisión y el negocio se iba a a pique a excepción de algunas plazas y pueblos de provincia donde las imágenes de héroes rurales cabalgando por las llanuras aún llamaban la atención.
Un cine de héroes justicieros dueños de una dudosa elegancia churrigueresca, armados con llamativas pistolas y muchos de ellos, ocultos trás un enigmático antifaz al estilo del viejo Zorro. Por supuesto, los ambientes de este nuevo subgénero distaban mucho de la opulencia y de los escenarios fotogénicos; lo que rifaba aquí, eran las locaciones paupérrimas, los llanos cercanos al Distrito Federal y las extensiones de terreno propias para el género en los Estudios Churubusco, los Azteca y los América.
En medio de persecuciones a caballo, de ineptas peleas de cantina, de jovencitas cuyos ranchos eran amenazados por tortuosos villanos, Luis Aguilar tomaba un “segundo aire” y se convertía en el nuevo héroe del género a partir de “El jinete sin cabeza” (1956) -serie de tres películas-, filmadas en la hacienda de la Encarnación y en San Pedro Atzcapotzalco; ahí, intenta localizar la cabeza perdida de Pancho Villa. Un año después, el Gallo Giro cambiaba la testa por el fuete en “El Látigo negro” y así, entre balaceras, charros, antifaces, autómatas y brujas, se transformaba en “El Zorro escarlata” -seguida de “El Zorro escarlata en la venganza del ahorcado”(ambas de 1958)- para enfrentar a un tal doctor Kraken -Ojo, no confundir con cereal, ni con alguna marca de chocolate- y también a su ayudante Posidonio quienes trabajan en un laboratorio infernal en el sótano de una hacienda.
Aguilar, fue a su vez “El enmascarado justiciero” y se enfrentó a “La diligencia de la muerte” y al misterio de “La calavera negra” -todas de 1959-. Asimismo, fué uno de “Los Cinco Halcones” (1960) al lado de otros héroes rancheros como Miguel Aceves Mejía, Javier Solís, Demetrio González y Joaquín Cordero y uno de “Los cuatro Juanes”; un western que reunía a héroes como Juan sin miedo, Juan Colorado, Juan Pistolas y Juan Charrasqueado (1964). Antes había hecho alarde de valentía y perdía un brazo en “Juan sin miedo” (1960) y a su vez, con su gallarda presencia se trastocaba en “El Zorro vengador” (1961), en “El Halcón solitario” (1963) y en “El fugitivo” (1964), un western descolorido a pesar de haberse filmado a colores.
Más curiosas aún, habían resultado filmes como “La máscara de hierro” (1959) donde se combinaba el horror y el suspenso. Aguilar interpretaba aquí a un humilde zapatero que se convertía en un justiciero apodado “El Ranchero solitario” que rescataba a una niña y a una mujer torturada justamente con una máscara metálica. Asimismo, en “La marca de Satanás” (1956), continuación “El jinete sin cabeza” y “La cabeza de Pancho Villa”, se mezclaban decapitaciones, satanismo y folclor revolucionario.
Ya en el colmo Luis Aguilar protagonizó un par de cintas ambientadas en el “oeste ranchero” que se fusilaban el argumento de algunas ejemplos grandiosos del género. En “El revólver sangriento” (1963) al lado de Lola Beltrán, El Indio Fernández y Flor Silvestre, una pistola provoca varias tragedias a los diferentes personajes que la portan en una burda copia de “Winchester 73” de la que incluso se robaban algunos diálogos. Por su parte, en “Duelo de pistoleros” (1965) con Aguilar, Manuel Capetillo, Irma Dorantes y Dacia González, el realizador y sus guionistas se daban el lujo de plagiarse descaradamente una buena cantidad de westerns clásicos como “A la hora señalada” o “Shane, el desconocido”.
La urbe en el ocaso de los 50.
Al tiempo que Aguilar se había convertido en el héroe de decenas de westerns rancheros que lo catapultaban a los cines de segunda corrida, realizaba una serie de curiosas mezclas de dramas y comedias ambientadas en una ciudad que había sido tomada por los jóvenes; los rebeldes sin causa a quienes se le achacaban pecados como el rocanrol, el sexo, el alcohol y el ruido. A su vez, Aguilar intentaba participar en cintas de prestigio que para esas alturas del partido empezaban a escasear, no sólo por la ausencia de varias de las grandes figuras de antaño, sino porque el negocio había dejado de ser el cine.
Así, en mancuerna con Agustín Lara y Pedro Vargas conformaba el grupo de “Los tres bohemios” (1956) en una comedia mundana que pretendía mostrar otra cara de las tres conocidas celebridades del ambiente fílmico-musical, quienes integran a un trío de bohemios simpáticos, enamoradizos e irresponsables que siempre andan en líos económicos y de faldas. A ésta, le siguió una continuación más extravagante: “Los chiflados del rock’n roll”; en ella, repiten los tres -al igual que el perico “Calígula”-, como dueños de un cabaret a punto de la quiebra en un filme que mezclaba boleros, canciones rancheras y baladas dizque rocanroleras.
En “Locos peligrosos” (1957), Aguilar formaba un trío musical con Germán Valdés Tin Tán y la guapa Yolanda Varela para concursar en el programa de La hora de Paco Malgesto, sólo que lo intentan por la vía de la música clásica y terminan grabando rock y jazz. Esta comedia se empeñaba en encontrar oposiciones entre la música culta y los ritmos de moda. Luis Aguilar, el mismo Tin Tan, Pedro Vargas, Agustín Lara e incluso Silvia Pinal tenían breves intervenciones musicales en la tragicomedia de suspenso “Teatro del crimen” (1956) y Aguilar tenía otra participación musical en “Maratón de baile” (1957).
Pensada originalmente para ser interpretada por la exitosa pareja de “A.T.M.”, “Ando volando bajo” (1957) de Rogelio A. González, tuvo que replantearse y es entonces cuando entra al quite Pedro Armendáriz en pareja con Luis Aguilar y la atractiva Lilia Prado. Aguilar y Armendáriz intentaron emular las hazañas del Hollywood de los años 30 en esta comedia con tonos de melodrama. Aguilar es un fanfarrón y piloto cantarín que pierde su avión jugando a las cartas, teniendo por ello que trabajar como mecánico e instructor de vuelo.
De nuevo, Aguilar era enviado al espacio del cabaret en “Besos prohibidos” con Ana Luisa Peluffo. Y en “No me olvides nunca” (1957) hace una buena pareja cómico-musical con la simpática cubana Rosita Fornés. Como gancho publicitario, un productor inventa un idilio entre una vedette y un actor cantante y sin proponérselo ambos terminaban enamorados. Por supuesto la trama lucía por sus números musicales. También en un cabaret trabajaba Aguilar en “Alma de acero” (1956) donde hace el doble papel de unos hermanos gémelos: un cantante de centro nocturno que odia la violencia y el otro, un fugitivo de la justicia en esta versión nacional de Los hermanos Corso de Alejandro Dumas.
Asimismo en “Remolino” (1959), Luis Aguilar actúa al lado de la bella Sonia Furió y del joven Agustín de Anda que un año después fallecería trágicamente acribillado por el padre de Ana Bertha Lepe. En este divertido drama por excesivo, Furió interpreta a una exuberante capitalina que llega -”con sus perversidades”- a desequilibrar la tranquila vida de una familia de rancheros jaliscienses, entre ellos, Aguilar, un buen muchacho a quien la “lagartona” urbana se le entrega y por ello, al final es arrojada a los puercos. Se trata casi de una adaptación de la película “Susana, carne o demonio” de Luis Buñuel.
1963. El año de “El hombre de papel”.
Es cierto que Aguilar rebesaba los 50 años y aún seguía protagonizando cintas de “caballitos” y comedias campiranas. No obstante, la experiencia y su talento daban pie a un lucimiento personal en pequeños papeles con los que Aguilar robaba cámara. Ejemplo de ello es “El bracero del año” (1963) de Rafael Baledón protagonizada por el simpático Eulalio González Piporro, Ofelia Montesco y Kitty de Hoyos. Piporro es un bracero mexicano en Estados Unidos que escapa a la dura realidad con descabelladas fantasías, en las que se llama, por ejemplo, Natalio Reyes Colás (versión latina de Nat King Cole), cuando interpreta canciones como Chulas fronteras. En California, durante la recolección de la manzana, se enfrenta a otro bracero burlón que Aguilar encarnó de maravilla.
Pero nada comparado con la extraodinaria interpretación que hace de un ventrílocuo transa y borrachín en “El hombre de papel” (1963) de Ismael Rodríguez, basada en un relato de Luis Spota y protagonizada por Ignacio López Tarso, a quien incluso Aguilar le roba el mandado en las breves escenas en las que aparecen juntos. Es la historia de un pepenador mudo sediento de afecto y cariño y que debe vivir a la defensiva además de que no puede cambiar un billete de diez mil pesos que todo mundo desea robarle: una prostituta italiana (Alida Valli), un tendero gangoso (Guillermo Orea), la encargada de depósito de papel (Dolores Camarillo), o la mujer de su amigo, chofer de mudanzas (Rita Macedo y Ferrusquilla).
El filme en el que aparecen varias estrellas en breves papeles (David Silva, Vitola, Pedro Vargas, Columba Domínguez y más) y que cuenta con una extraodinaria música de Raúl Lavista, es además un recorrido por una ciudad de México convertida en metrópoli desquiciada y corrupta con grandes desigualdades sociales. La primera imagen de Luis Aguilar, es la de un hombre viejo y amolado junto con su muñeco Titino -creación de Carlos Monroy- quien “canta” : “Hay Bartolini, que tristini es la vidini” y se aprovechan del mudo para burlarse a costa suya: “¿Eres mudito? ¿Y como te llamas?”.
Aguilar ante un público heterogéneo le comenta a Titino: “Mire nomás a donde venimos a parar. Antes hasta en la televisión salíamos y por culpa de usted nos corrieron”. De hecho, es Aguilar el que termina transándole su billete de diez mil pesos al pepenador. Le vende su muñeco “mágico” para acabar botándose la lana en el bar Zanzibar. A pesar de que Ismael Rodríguez cae un poco en el pintoresquismo “El hombre de papel” vale en buena medida por la ambigua y conmovedora interpretación de un genial Luis Aguilar.
Más aventuras rurales y revolucionarias
Al inicio de esa década, parecía que no había descanso para Aguilar, un actor que empezaba no sólo a sufrir los estragos de la acumulación en películas de todo tipo, principalmente de bajo presupuesto y en pequeños papeles que le redituaban una buena ganancia económica pero nada más. A su vez, estaba el asunto de la edad; había rebasado los 40 años y dificilmente podía convertirse en el galán joven, y a su vez, estaban los problemas del alcohol que iba dejando atrás, gracias al apoyo de su querida esposa Rosario Gálvez. Así, encasillado ya en los papeles de héroe rural, iniciaba una serie de cintas ambientadas en la Revolución Mexicana.
Así, podía transmutarse en charro revolucionario en un filme como “Juana Gallo” (1960); una superproducción a color para lucimiento de una atractiva y bravía María Félix, que pasa de campesina a jefa de la Revolución levantada en armas contra el traidor de Huerta y se enamora fatalmente de un capitán federal que interpretaba Jorge Mistral. Mucho desplante machista y poca acción, en la que Aguilar interpretaba al coronel Arturo Ceballos Rico quien une sus fuerzas a las de Juana Gallo.
Ante todo, la idea era crear la imagen paternalista, folclórica y espectacular de un nuevo cine revolucionario que en el peor de los casos, aún se confundía con el melodrama ranchero y su despliegue cancionero, e incluso con el western de aventuras bravías y tema revolucionario, como lo muestra “El correo del norte” (1960) en la que Aguilar encarna al enmascarado misterioso Zorro escarlata quien se convierte en el correo de Villa en un filme en el que aparece por cierto la mismísima Sombra vengadora (Fernando Osés).
En “Atrás de las nubes” (1961) con Marga López y Dagoberto Rodríguez, Luis Aguilar encarna a un coronel carrancista que se enfrenta a un dilema al no saber cuál de dos niñas es su verdadera hija. En “El pozo” (1964), Aguilar es de nuevo un viudo con tres hijos que contrae matrimonio con Sonia Furió quien pierde al hijo que espera de ambos y entonces, transtornada por la tragedia, arroja a un pozo a los niños de aquel.
Al lado de Lola Beltrán y El Indio Fernández, Luis Aguilar regresa con un drama revolucionario en “Los hermanos Muerte”, y en “Gallo corriente, gallo valiente” -ambas de 1964- alterna con Demetrio González en una rutinaria comedia de desplantes machistas en la historia de dos charros cantarines y mujeriegos; lo curioso es que sus preciosas novias (María Duval y Ofelia Montesco) no eran machorras, sino más bien muchachitas cursilonas. Y de nuevo, regresaba al western como justiciero que pasa por cobarde en “El comandante furia” (1965) al lado de la hermosa y exuberante Sonia Infante y como apoyo del caballista Gastón Santos en “El silencioso” (1966).
En 1967 trabaja como protagonista a sus 50 años de edad, en dos cintas de Alberto Mariscal. “El caudillo” con Rodolfo de Anda, Emilio El Indio Fernández y la siempre inquietante Irma Serrano es un drama revolucionario muy bien actuado y mejor filmado en el que Aguilar interpreta al zapatista Valentín de la sierra, quien debe fusilar a un compañero que asesina enemigos sin que éstos puedan defenderse. Y en “La chamuscada”, escrita por Juan de la Cabada y Luis Alcoriza, Luis Aguilar encarna a un arrojado combatiente zapatista.
El declive. Años 70-90
Aguilar llegó maltrecho a la década de los 70 donde filma únicamente seis películas y donde participa como actor de apoyo y como padre de los protagonistas en cintas como “El ausente” (1972) o “Los galleros de Jalisco” (1973) ambas dirigidas por el actor Arturo Martínez. En la primera, es un ranchero que teme ser despojado de su propiedad por parte de dos familias y alterna con el joven Valentín Trujillo y Patricia Aspillaga. En la segunda, es el padre del actor Juan Gallardo y debe vivir una tragedia cuando entra en pleitos con su compadre que encarna Mario Almada.
Arranca los 80 con Valentín Trujillo como actor-director en “Cacería humana” (1986) y trabaja también bajo las órdenes de Alfedo B. Crevenna en películas de acción como “Cargamento mortal” con los hermanos Almada, o “Programado para morir” -ambas de 1987-, sin faltar algunas participaciones en cintas de Raúl Fernández para lucimiento de Rosa Gloria Chagoyán, ya sea “La rielera” (1987) o “Lola la trailera 3” (1990). Si los 70 tuvieron a un mujerón en Camelia como la reina del cine de narcos, los años 80-90s responderían furiosos con una nueva heroína más cercana al comic que al cine mismo, encarnada en Lola La Trailera: cuerpo espectacular, cara de arrepentimiento, hot pants, botas, metralleta y el suspenso de la carretera.
Luis Aguilar se refugió en la televisión y a pesar de algunas breves participaciones en bodrios vulgares como “A gozar, a gozar, que el mundo se va a acabar” (1988) con Lalo El Mimo o “El muerto al hoyo (y el vivo también)” (1989), aún obtuvo el Ariel de Coactuación Maculina en su vital y buen papel de galán senil en “Los años de Greta” -su ultima película- dirigida por Alberto Bojórquez en 1991. Se trata de un inteligente drama sobre las opciones de la tercera edad en el que encarna al amante otoñal de una locataria de un mercado que interpreta Meche Barba, quienes consiguen sacar de su letargo a una anciana (Beatriz Aguirre) relegada por su familia. Como dato curioso, cabe señalar que Meche Barba también apareció con Aguilar en su primer filme “Sota, caballo y rey”.
Cantante y actor solidario y luchón, Luis Aguilar tal vez no haya alcanzado las alturas de primerísimas figuras como Pedro Infante o Jorge Negrete, pero que caray, estuvo ahí, apoyándolos y luciendo modestamente en un cine sencillo, entretenido, emotivo y eficaz que lo convirtió en leyenda.